Relato – Mentiras piadosas

Aquella mañana se levantó y algo enturbió su pensamiento. Mentira, todo era mentira. Su vida se había convertido en una encrucijada de la que le resultaba difícil salir. Agradar a todo el mundo empezaba a pasarle factura y la presión por mantener a salvo esas mentiras, en una realidad donde sabía que, tarde o temprano, dejarían de tener cabida, lo estaba matando poco a poco. ¿Acaso no hubiese sido más fácil decir la verdad desde el principio? Que no era aquello que hacía felices a todos. A todos menos a él, claro. “La vida es una realidad muy bonita que convertimos en una mentira muy ridícula”, le había dicho alguna vez su subconsciente.

Aborrecía aquel trabajo, aquel absurdo transcurrir de papeles sin sentido del que callaba tantas cosas…que se mordía la lengua cuando le preguntaban. Tampoco quería casarse, el matrimonio le pareció siempre un absurdo protocolo capitalista que pone precio a algo que no lo tiene. Ni ese absurdo club al que solía ir, al menos, una vez por semana.

Pero la tranquilidad de sus padres al ver esa estabilidad que siempre soñaron para él le hacía levantarse cada mañana a emprender su rutina; y el sueldo a fin de mes, por qué no decirlo. Ese sueldo que pagaba la sonrisa de su amada y el brillo de su mirada cada vez que hablaban de la dichosa boda. La quería, la quería demasiado, y lo único que deseaba era que ella se sintiese bien. Y cuando amas a alguien todo vale, hasta la mentira. Las risas de sus amigos y un “no cambies con los años, colega” en aquel club, también ayudaban a alimentar la tercera mayor de sus mentiras. Tres, de tantas…

Aquella mañana, mientras miraba la lluvia tras los cristales y saboreaba un café en la soledad matutina que nunca le mentía, porque nunca tenía él tampoco que mentirle, se dio cuenta de lo complicada que había hecho su vida. Al mirarse en el espejo vio a pinocho reflejado, aunque luego pensó que las mentiras piadosas que hacían felices a los demás estaban permitidas. Pero no, no lo estaban. Siempre terminaba llegando el día en que el diablo bordaba con ellas su capa roja y bajaba para ponerte los cuernos tras el espejo, mostrándote de esa forma la infidelidad que tú mismo habías propiciado hacia tu propia persona.

“Pobre de ti!!!” -te susurraba al oído mientras sonreía-. “Te has pasado la vida mintiendo, mintiendo a tus padres para no preocuparlos, a tus amigos para no defraudarlos y a tu pareja para hacerla sentir mejor… has picado en la trampa divina de hacer el bien a los demás….olvidando que también debes hacerte el bien a ti mismo para estar en paz contigo. Sólo así la realidad es real y las mentiras (aunque sean piadosas) hacia los demás desaparecen. Ahí radica el poder de la armonía, del equilibrio que todos buscan pero pocos encuentran.  Y conseguir el equilibrio, amigo mío, no es nada fácil, y perderlo tiene consecuencias que te condenan de por vida”.

Y supo entonces que el diablo tenía razón, su vida era una farsa con la que tenía que acabar tarde o temprano.

El por qué fue aquel día y no otro cualquiera jamás llegaría a entenderlo, supuso que cualquier día es bueno para que tu subconsciente te diga que hasta aquí había llegado y, aunque la reacción que obtuvo no fue la deseada, hoy agradece la fuerza que le impulsó a hacer aquello, a sacar de su interior aquella valentía que pocas veces había florecido en él…

Y como un poseso dislocado entró, después de aquel café en soledad que sería el último de aquella vida de mentiras, y dijo en su trabajo todo lo que pensaba y lo necesario que era que aquella situación acabase. Lo único que consiguió fue un finiquito sobre su mesa que sus padres acogieron con sorpresa, sarcasmo, ironía y mucho enfado. Después de decirles la verdad, por primera vez, explicando por qué lo había hecho, lo único que obtuvo como respuesta fue que era un inmaduro.

Cuando llegó a casa de nuevo allí estaba ella, el sol de su vida. Que, para su sorpresa, tampoco lo entendió…y mucho menos entendió que no quería casarse con ella. De nada sirvieron el sinfín de palabras y explicaciones que le dio haciéndole entender que la quería muchísimo pero que no era eso lo que, de momento, quería hacer. De nada todos aquellos años demostrándole todo su amor, palabras que tiran por la borda años y años de trabajo, de demostrar amor a otra persona. “Demasiado tarde” –fue lo únido que escuchó de ella – Y no la culpaba, porque lo era, realmente lo era. Y se lamentó por ello, se lamentó por no haber sido sincero desde un principio. Y la perdió. Como perdió a sus amigos al dejar de ser como ellos querían que fuese. Todo se había desmoronado…

Y en su pena, en su lamento infinito, bajó de nuevo el diablo que había perdido su capa roja y ahora no parecía tan maléfico, sino que mostraba un rostro amable. “¿Podrías mirarte al espejo?” – le susurró-. Cuando lo hizo, los cuernos habían desaparecido. “Ahora eres fiel a ti mismo. No vuelvas a mentirte a ti mismo y así no mentirás nunca más nadie”. Y se marchó, sin más, mientras él miraba la lluvia tras los cristales y saboreaba un café que apresuró en la soledad matutina, llegaba tarde al trabajo!!

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