Mi pobre España

Vivo en la Costa del Sol y si algo nos caracteriza es la afluencia de extranjeros que cada año nos visitan, y la gran cantidad de ellos que, enamorados de esta tierra de sol y playa, deciden quedarse. ¿Por qué te quedaste? podríamos preguntarle a cualquiera de ellos, Por vuestro clima, vuestra buena gastronomía, vuestros colores…y por vosotros, podrían respondernos. Y es sorprendente ver a veces como se sienten tan de aquí, que incluso se implican más que nosotros en «nuestras» cosas, convirtiéndose en colaboradores incansables de aquello en lo que deberíamos colaborar nosotros, y en defensores innatos de nuestra tierra.

No hace mucho tuve la oportunidad de conocer a una de esas personas que llevan “toda una vida en la Costa”, como ellos dicen. Estaba organizando un evento benéfico en el que había conseguido implicar a empresas privadas y públicas, colectivos, ayuntamientos, medios de comunicación… y todo lo que había podido llevarse por delante. Era increíble ver como brillaba la luz en sus ojos, pero lo que era más increíble aún era ver cómo le dolía nuestra tierra, más que a algunos de nosotros mismos. No recuerdo en qué momento de la conversación fue, ni a cuento de qué vino, pero cuando la palabra político y Ayuntamiento se unieron con las de solidaridad y acto benéfico, sus ojos, de repente, se encendieron y su dulzura se transformó en irá. Y tras un sinfín de palabras destacando la postura de las instituciones políticas ante todo, llegó un suspiro… mi pobre España, decía.

Y entonces entendí, que sin haber nacido en España, merecía el gentilicio de española más que algunos españoles. “Es una pena lo que los políticos han hecho aquí. Yo que llegué a la Costa tan joven, con mi marido, y he visto en lo que se ha convertido el país, por culpa de unos ladrones, porque son todos unos ladrones. Mi pobre España, no merece esto. Ni lo merecéis vosotros, los españoles. Aquí hay gente buena, gente que nos ha acogido y ayudado desde siempre, que nos ha hecho sentir en casa. Gente buena, gente que ayuda, gente a la que le han robado. No sé cómo podéis permitir esto”. Eso y mucho más fue lo que dijo, y no le faltaba razón ni en una de las palabras que pronunciaba. Odiaba a los políticos, pues había vivido la decadencia de un país al que unos pocos robaban, no sólo el dinero sino también la libertad, y los derechos. Ese día llegué a casa derrotada, pues todo lo que decía era cierto, y yo tampoco entendía como habíamos llegado hasta aquí y, sobre todo, como lo habíamos permitido. Somos unos cobardes, pensé, y es verdad lo que siempre dice mi padre: tenemos lo que merecemos.

Y ahora que se acercan las elecciones, empieza el mismo circo de siempre. Promesas y más promesas que no se cumplirán. Horas y horas mediáticas de políticos que ponen su mejor cara ante las cámaras para que les voten, pero que luego roban todo lo que pueden y a los que lo único que les importa de su país es el asiento que ocupan para gobernarlo. Valoraciones de lo que el gobierno ha conseguido y también de lo que no. Y ovejas que van a votar lo mismo de siempre porque le han vuelto a vender la moto, o porque les interesa, porque desde luego no a todos les disgusta esa situación de injusticia que vivimos. Y yo, que quiero creer que un cambio es posible, me pregunto, una vez más, que historia van a contarnos ahora y si seguiré escuchando a esa mujer diciendo mi pobre España cuando vuelva a cruzarme con ella…

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