¡¡¡Corre Lucía, corre!!!

Como cada mañana, Lucía se levantó. El reloj marcaba las 7 en punto. Apuró la cama unos minutos, sabía que en cuanto se levantase empezaría su carrera diaria, tocaba correr. Una ducha rápida y las 7.40 llegaban casi sin darse cuenta. Había que ir levantando a los niños. Mientras los vestía repasaba en su cabeza todo lo que debía estar listo (el bocadillo, los deberes de ayer, la autorización para poder ir al museo y un largo etcétera que no sabía cómo se mantenía almacenado en su cabeza). Un vaso de leche rápido para ellos mientras ella terminaba de vestirse, preparaba el bolso, cogía las llaves, la bufanda… Las 8.45…, debía apurar o no llegarían. Bajó al garaje corriendo y…justo cuando estaba a punto de arrancar el coche…ups, había olvidado su carpeta con todos los papeles de la reunión que tenía a las 11 (ya decía que su cabeza no daba para tanta información tan temprano). De otra carrera subió y, rápidamente, empezó su cuenta atrás hacia el colegio, esperaba, al menos, no pillar atasco…

Las 9. Había llegado, y, afortunadamente, su mente no le había jugado una mala pasada y estaba todo. Un beso de despedida a los niños cerró esta carrera y de nuevo al coche, a por la siguiente carrera del día;  no si antes contestar al wasap que ya tenía de su jefa y darle los buenos días a su marido, recordándole que cuando saliese no olvidase comprar los pimientos que le hacían falta para terminar, después, el almuerzo. Las 9.30 se presentaron antes sus ojos rápidamente, hora de entrar a la oficina. Allí, Lucía revisó su mail mientras gestionaba lo más importante dejando a un lado lo que podía esperar unas horas (no todo tenía la fortuna de poder esperar). Las 10.23, un café rápido con una tostada mientras repasaba la reunión que tenía en un rato e imprimía y grapaba los documentos que acababan de pedirle. Corriendo, entraba a la reunión, con 5 minutos de retraso (el aire empezaba a faltarle y encima tenía que aguntar las miradas de todos los que, seguramente, no habían tenido que batallar en unas horas con todo lo que había tenido que batallar ella -que sabrían ellos lo que era pasarse el día corriendo).

El medio día asomó tras la ventana mientras Lucía pensaba que aquella reunión se estaba alargando más de lo permitido. No le quedó más remedio que, a escondidas, repasar desde su móvil el correo, o no terminaría todo lo que había dejado pendiente. 10 nuevos mensajes, de los que consigue contestar 5. Las 13, por fin termina la reunión pero ya… Lucía sabe que va tarde para todo…debe entregar un informe a las 14.30 que aún ni siquiera había terminado y al que tenía que anteponer el ordenar todas las ideas de la reunión para redactar otro nuevo informe. Pero apura y apura el tiempo, y corre, mientras el teléfono la interrumpe tres veces con tres recados que debe hacer en cuanto termine el informe. Lo apunta, su cabeza no da para todo lo que el día le exige y, como siempre, lo termina a tiempo, porque Lucía es así, siempre da y da todo lo que le piden, aunque el poco aliento que le quede se le vaya en hacerlo. Hace los recados que había dejado pendientes mientras terminaba el informe. Gestiona ahora lo que por la mañana podía esperar unas horas pero que ya no puede esperar, y termina a lo justo para volver a recoger a los niños.

Lucía casi pierde un tacón mientras corre al Colegio a por ellos. Mientras los acerca a casa repasa en su cabeza todos los ingredientes que necesita para su almuerzo y el de su marido (los niños por suerte ya comieron en el comedor). Cuando llega a casa Pedro ya tenía puesta la mesa y recogida la colada y había comprado todo cuando ella le había pedido, era una gran ayuda, aunque no suficiente… Un tierno beso en los labios era todo lo que tenía en ese momento para darle las gracias, a veces lamentaba no tener más tiempo para volar a su lado como hacían antes. En la escasa hora y media que está en casa, come, friega, recoge la cocina, plantea la cena y apenas le quedan 10 minutos para saborear el té que Pedro acaba de hacerle. Los niños están haciendo los deberes. Un nuevo beso en las mejillas y…¡¡¡¡solo le quedan 10 minutos para llegar a la oficina!!! Y apura de nuevo todo lo que puede el coche en la carretera prometiéndose, una vez más, que pronto se irá a vivir cerca del trabajo.

De nuevo en la oficina. La tarde se presenta más tranquila pero el agotamiento físico y mental ya ha hecho acto de presencia. No obstante, avanza en dos nuevos informes (el de la reunión de por la mañana y uno nuevo que le habían pedido), atiende varias llamadas más, cierra dos reuniones y organiza su agenda para el día siguiente, que también se presenta movidito.

Cuando llega a casa, rozando ya el salir de la luna, Pedro ya había bañado a los niños y a ella apenas le quedaba tiempo para hablar un rato con ellos antes de salir a correr un poco (tiene que descargar de alguna forma todo el estrés cumulado) Una ducha rápida al llegar a casa, un cuento a los niños, un yogur de cena y un poco de lectura…y Lucía se queda dormida con el libro en sus manos… Pedro le besa la frente mientras la tapa y le retira el libro, y así termina un día más, uno de tantos de esos que el mundo te atosiga y apenas te da tiempo a disfrutar. En sus sueños, corre hacia todas partes mientras cientos de voces le gritan y le dan órdenes, mientras el tiempo la persigue y se consume, mientras su vida se agota. Y sigue corriendo,  corre y corre a toda prisa, siempre, a veces, hacía ningún lugar importante. Sin saber, sin apenas percatarse que corriendo…la vida se pasa aún más deprisa.

Lucía se levantó cómo cada mañana. El reloj marcaba las 7 en punto. Esta vez ni si quiera pudo apurar un rato la cama..

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